viernes, 16 de junio de 2017

El día que me convertí en padre


Todavía volteo la cara de vergüenza cuando recuerdo mi reacción al enterarme que iba a ser papá. A ver, tenía 20 años y creo que es lo único que tenía. Estaba iniciando mis estudios en la uni, nunca había trabajado ni cuidado a algún crío. Sonaba como la fórmula perfecta para ser el fracaso de padre que alguien así debería de ser. Besides, el Don (my father) me había dejado ampliamente claro que si llegaba con un pequeño Mejía antes de terminar la carrera, estaba on my own. ¿Qué iba yo a ofrecerle al bebé que crecía devotamente en el vientre de mi cómplice en crímenes adolescentes? Me acobardé varias veces. Víctima de una ignorancia juvenil, me arrepentí de traer al mundo a alguien a quién no sabía como decirle: “Hi there, I’m your father, but you deserve a better one”.


Y entonces, ocurrió uno de esos momentos, que cuando los cuentas suenan like Paulo Coehlo cheap story: un miércoles por la mañana conocí a MJ, y al sostenerla en mis brazos supe que era invencible. Le dije que yo era su papá, y que era el honor más grande de mi vida ostentar ese título. Le prometí llevarla por el camino durante las próximas décadas, hacerlo de la manera más divertida posible y luchar por sus sueños y bienestar lo que me quedara de vida.


Lo demás ha sido historia, en la que no se me ocurre alguna emoción que no haya experimentado por lo menos alguna vez. Y cuando creí que empezaba a coger el hilo on how to be a young father ¡pum! Llegó  David Jr. Y me puso el santoputazo de ternura y sonrisas más fuerte que me han dado ever.
Chavos, hijos, morros, críos, cachorros, MJ y Jr. (ladies first): Cuando lean esto, si un día leen esto, ¡gracias! Su mera existencia se ha convertido en lo mejor que me ha pasado en la pinche vida.


Cuando veo las gorras, pines y tarros cerveceros que pregonan #1 Daddy in the world, no puedo más que pensar en la lucha diaria que todos nosotros, cabrones sin manual ni vocación, hacemos todos los días por hacer sonreír a esos locos bajitos, a la vez que nos ocupamos de enseñarles el “por favor” y “gracias”, cepilla los dientes tres veces al día, no digas chingaderas ni groserías, comparte tus cosas que tú las tienes diario, saluda al llegar y no hinches por el América never.


So, nos merecemos ese regalo de sopita de pasta pintado entre risas y juegos (retocado por las maestras you can’t cheat on me). Nos merecemos ese grito orgulloso a la hora del recreo, cuando ven pasar un avión y gritan “¡Ahí va mi papá! ¡Adiós papá!” Nos merecemos las medallas de cartón, para guardarlas junto a nuestras Pepsi Cards en la caja de lo que realmente vale la pena en el mundo. Nos merecemos la oportunidad de ir al festival, y saber que van a cantar al son de Timbiriche y, aun así, amar la puta canción y chillar de orgullo al mostrar el video diciendo “That’s my kid”.
Así que, si eres papá: ¡felicidades cabrón! Si eres mamá: give that man a beer. Si eres hijo: dile a tu dad que lo amas. Trust me, le haces el día con esas dos palabras.


¡Feliz día del “¿y qué te dijo mamá de eso?”!

PD. Don, si lees esto, eres el ejemplo claro y vivo de lo que ser un padre debe de ser en mi vida.

Te amo viejo, gracias por los jirones de vida que te has arrancado por este que aquí escribe.

Por: David Mejía

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